miércoles, 30 de enero de 2008


Y nadie pudo pensar que las cosas resultarían así. Ni siquiera yo. Algo me cautivó de principio a fin. Si fue él o no. Simplemente no me queda claro. Pero volvería mil veces. A sentir ese olor a melón recién traído del campo. O a ver esas hojitas de arándanos recién regadas. Solo pensar en el sol de las 7 de la tarde Illapelina me hace recordar cada cada cada momento. Y el instante es justo. No puedo pedir más. O tal vez si. Volver. Ellos hicieron que los días fueran mágicos, voladores, risueños. Como cualquier humano lo hubiese deseado. Que tu familia se presente con los brazos tan abiertos. Es. Es algo increíble. Si bien es cierto es la familia. Uno nunca sabe lo que hay a la vuelta de la esquina. O por lo menos yo no lo sabía. Tenía una y mil dudas antes de partir. Y no eran ellos. Era el lugar, la vida, el modo. Llegué y me quedé sin palabras. Ellos fueron magníficos. El lugar es y será un refugio para el alma. Podría pasar mi vida allá y sentir como si fueran solo 5 segundos. Pido poder regresar. A mirar la parra tranquilamente. A dormir la siesta después de un budín de zapallos italianos. A comer churrascos y tomar una cerveza invitada por los mejores hombres. A tener la despedida más entretenida y borracha de las vacaciones. A verlo dormir. A despertar cuando el sol estaba recién pegando para salir y sentir frío matutino. A comer sandías de corazón rojo y dulce con harina tostada. A tomar melón con vino guachacamente. A comer pastel de choclo con ensalada de tomate. O a comprar un Danky Saturno para después recorrer la plaza mirando esas bicicletas raras. Hay tantas cosas. Hay tanto que quisiera repetir. Ni siquiera las palabras son útiles. Sólo veo lugares, personas, caras, sonrisas. Y yo. Yo quiero estar ahí.